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    October 23

    Tacones soberbios

    Las zapatillas deportivas corrían por la habitación. Tenía varias cosas entre manos y otras que la soberbia de los tacones había abandonado cuando se cansó de la novedad y tenía que terminar. De repente, tres parejas de zapatos negros irrumpieron en la tranquilidad de aquel suelo. No habían reaccionado las zapatillas ante tan intrusión cuando los tacones aparecieron súbitamente, corriendo, para hacer los honores ante aquel grupo de caros y arrogantes zapatos. Las zapatillas hicieron lo que debían hacer, seguir trabajando, mientras los tacones charloteaban y reían con insidiosa armonía intentando hacer como si no existieran en aquella sala, pues, ¿cómo pretenden unas zapatillas ser presentadas mientras eran unos tacones los que estaban presentes? En el fondo, los tacones temían que, si daba a conocer las zapatillas, la inteligencia de lo que había encima de éstas la desbancase.

     

    October 18

    Saber...

    No preguntes por saber
    que el tiempo te lo dirá
    que no hay cosa más bonita
    que el saber sin pregutar
     
    October 10

    La bicicleta

    Pedaleaba rauda hacia casa todas las tardes con la brisa azotándole la cara. El calor aún sometía a la vieja ciudad a pesar de estar ya en la estación donde los árboles lagrimean. Iba ensimismada pensando en Él, recordando como había sido todo desde el instante en que lo vio entrar por la puerta haciendo el ruido de alguien que no quiere hacer ruido. Aún pensaba que no era real, que se caería de la cama y despertaría de su sueño. Sonreía al darse cuenta que, si despertaba por la noche, era su suave respiración lo que iba a escuchar y la dulzura de su rostro dormido lo que iba a ver. En ese momento, una hoja de un árbol cercano cayó. Ralentizó su pedaleo y la observó sonriendo que, al menos en algún lugar de aquella ciudad engreída, siempre sería primavera.

    October 03

    El taconeo impertinente

    El taconeo se dejaba escuchar por la escalera. Ella, inmersa entre papeles, contestó al saludo que acompañaban esos pasos tan ruidosos. Ajena a lo que estaba a punto de ocurrir, seguía tecleando en su ordenador. Pasada una hora más o menos, el taconeo apareció de nuevo, más marcado, haciendo hincapié en quien mandaba allí. No le dio tiempo a alzar la mirada cuando escuchó un mordaz comentario con tentativa fallida de ser hiriente, escupido a bocajarro por la impotencia de su frustración. La estupefacción no se había dibujado en su rostro cuando el taconeo enérgico abandonaba la habitación. Cual perro faldero, dejó su escrito a medio hacer, se levantó, y sus silenciosas zapatillas deportivas la llevaron hasta el lugar donde reposaban esos soberbios tacones. El silencio llamó al ruido que al percibir desde su trono al sirviente silencioso, esbozó una sonrisa a sabiendas de haber conseguido lo que pretendía. Las zapatillas se miraban alzando los hombros y pensando en lo absurdo de todo esto, pues ¿como pretendían aquellos tacones que las zapatillas adivinasen que un “buenos días” significa “acude a mi presencia YA?